ALEXANDER PIERDE A SUS PADRES

  1936

Alexander empezó a temer que su madre terminaría gastándose todo el dinero que había traído desde Estados Unidos. Primero se gastaría los rublos que había ahorrado en Moscú y luego los dólarBELOV1es. Aunque estuviera todo un año comprando vodka en el mercado negro, se esfumarían todos sus ahorros, y entonces, ¿qué? Luego, nada.
Sin aquel dinero, Alexander estaba acabado. Tenía que mantener a su madre sobria mientras escondía el dinero en algún sitio que no fuera la casa. Si se llevaba los dólares sin su permiso, Jane tendría un ataque de histeria y Harold descubriría que ella lo había traicionado. Y cuando Harold supiera que su mujer, pese a todasjanelost sus manifestaciones de amor y de respeto, no había confiado en él al salir de Estados Unidos; cuando descubriera que en realidad no compartía sus motivaciones y sus ideales y sus sueños, sufriría una desilusión de la que ya no se recobraría. Alexander no quería ser responsable del futuro de su padre; sólo quería aquellos dólares, para poder ser responsable de sí mismo. Y sabía que lo mismo deseaba su madre cuando estaba sobria. Si no estuviera borracha, le dejaría esconder el dinero. El truco estaba en mantenerla sobria.

Alexander propuso encolar el dinero en el interior ce las tapas de un libro, y sacó un volumen de encuadernación dura y gruesa para que su madre entendiera qué quería decir.

Jane observó el libro que proponía su hijo. Era su viejo ejemplar de El jinete de
bronce y otros poemas, de Pushkin.

—¿Por qué no lo pegamos en la Biblia que trajimos de Estados Unidos?
—Porque nadie se extrañará de encontrar un libro de Pushkin en la sección de
Pushkin de la Biblioteca de Leningrado. En cambio, encontrar una Biblia en inglés en una biblioteca rusa podría resultar un poco sospechoso, ¿no crees?
Alexander sonrió.

Se llevó el libro al instituto y al salir pasó por la Biblioteca Pública de Leningrado. Al
fondo, en la sección de Pushkin, vio un hueco en uno de los estantes bajos. Dejó el libro
entre dos volúmenes de aspecto erudito que nadie había sacado desde 1927. No le
parecía muy probable que algún lector se llevara el libro en préstamo, pero no estaba
convencido del todo y habría preferido encontrar un escondite mejor. Aquella noche,
cuando Alexander volvió a casa, se encontró a su madre borracha otra vez, con una
mirada en la que ya no quedaban trazas del cariño y el remordimiento que había
demostrado por la mañana.

—Mamá, ¿vas a llevarme a Moscú para entregarme a los estadounidenses?
—Sí. Podrás vivir con tu tía Esther hasta que termines la secundaria. El
Departamento de Estado le avisará para que vaya a recogerte al puerto de Boston.
Sólo tienes dieciséis años, Alexander. No pueden desentenderse de ti en el consulado.
Alexander recordaba con cariño a la hermana de su padre. La mujer lo adoraba,
pero había dejado de hablarse con Harold tras una desagradable disputa sobre el
incierto futuro que esperaba al niño en la Unión Soviética.
—Dos cosas, mamá —dijo Alexander—: el mes que viene cumpliré diecisiete años,
y cuando cumplí los dieciséis me alisté en el Ejército Rojo. ¿Lo recuerdas? El servicio
militar obligatorio… Al alistarme pasé a ser ciudadano soviético. Tengo un pasaporte
interior que lo atestigua.
—El consulado no tiene por qué saberlo.

Alexander, con el corazón en un puño, hizo lo que le ordenaba su madre. Sacó el
libro de Pushkin de la biblioteca y dejó escrita una carta para su padre. El trayecto en
tren era largo; tuvo doce horas para reflexionar. No sabía cómo su madre había
conseguido aguantar tanto tiempo sin una copa. A Jane le temblaban las manos
cuando llegaron a la Estación de Leningrado en Moscú. Era de noche y los dos
estaban cansados y hambrientos. No tenían ningún sitio donde dormir. No tenían
comida. Era una noche de finales de abril no demasiado fría y terminaron durmiendo
en un banco del parque Gorki. Alexander se acordó de cuando jugaba al hockey con
sus amigos. Recuerdos agridulces que se le agolpaban en la mente y le hacían sentir un
nudo en la garganta.

—No, no soy electricista —dijo Alexander—. Pero soy ciudadano estadounidense.
El centinela negó con la cabeza.
—No puede ser. Sabe que no se puede servir a dos señores en el ejército.
Alexander lo sabía, pero hizo otro intento:
—Tengo familiares en Estados Unidos, puedo vivir con ellos. Y puedo trabajar.
Puedo conducir un taxi, poner un puesto de frutas y verduras, cultivar la tierra, talar
árboles… Haré cualquier cosa que esté en mis manos.
—No es por usted, es por sus padres —explicó el centinela, bajando la voz—. Son
demasiado famosos. Cuando se trasladaron a la URSS no fueron muy discretos;
querían que todo el mundo los conociera. Bueno, pues ya los conocen. Sus padres
deberían haberlo pensado dos veces antes de renunciar a la nacionalidad
estadounidense. ¿Por qué tanta prisa? Primero tendrían que haber estado
convencidos…
—Mi padre sí lo estaba —manifestó Alexander.

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