LA VIDA DE ALEXANDER EN MOSCÚ

1930

Después de ir a buscarlos a la estación de tren y antes de dejarlos en la residencia,
los llevaron a un restaurante y les dejaron comer y beber cuanto quisieran. Alexander
estaba contento de ver feliz a su padre; parecía que las cosas iban a salir bien. La
comida era pasable y abundante, pero el pan no era del día y el pollo tampoco. La
mantequilla estaba fría como el tiempo y el agua también, pero les dieron té caliente
con azúcar y cuando todos alzaron los vasitos de cristal y brindaron gritando «Na
zdorovye!» o «¡Salud!», Harold dejó que su hijo tomara un sorbo de vodka.

EDITALEXAlexander probó el vodka por curiosidad pero le pareció horrible y sintió su quemazón durante un tiempo que le pareció interminable. Su madre se rió al ver la cara que había puesto. Cuando dejó de escocerle la garganta, Alexander se quedó dormido con la cabeza apoyada en la mesa.
Luego vino la llegada a la residencia.
Luego vino lo de los retretes.
La residencia era fétida y oscura. Era oscuro el papel de la pared y eran oscuros los
suelos, que en algunas habitaciones (entre ellas la de Alexander) no eran del todo
perpendiculares a las paredes. Alexander siempre había pensado que las paredes
tenían que formar ángulo recto con los techos, pero ¿él qué sabía? A lo mejor las revolucionarias técnicas arquitectónicas soviéticas no habían llegado aún a Estados
Unidos. A juzgar por cómo ensalzaba su padre el prometedor futuro de Rusia, a
Alexander no le habría extrañado descubrir que la rueda no se había inventado hasta
la Gloriosa Revolución de Octubre de 1917.

HOTELCOLLAGETambién eran oscuras las colchas de las camas y las tapicerías de los sofás, y las cortinas eran de color marrón oscuro, las alacenas eran de madera oscura y la cocina de leña era negra. Al fondo del pasillo mal iluminado vivían tres hermanos nacidos en Georgia, al borde del mar Negro, los tres de pelo rizado y oscuro, ojos oscuros y piel oscura. Enseguida acogieron a Alexander como un georgiano más, a pesar de su piel
clara y su pelo liso. Lo llamaban Sasha, decían que era su niño y le daban a probar un yogur líquido al que llamaban kéfir y que a Alexander le parecía repugnante.
Para su desgracia, Alexander descubrió que ésa no era la única especialidad de la gastronomía rusa que le resultaba repugnante. No era capaz de sentarse a una mesa donde hubiera cualquier cosa rebosante de cebolla y vinagre. Y casi todos los platos rusos que les ofrecían los amables extranjeros que compartían con ellos la residencia rebosaban de cebolla y vinagre.

FAMILIASDEHOTELAparte de los tres georgianos, ningún otro inquilino de la planta sabía hablar ruso. En el segundo piso del Hotel Derzhava («fortaleza»), vivían otras treinta personas que se habían trasladado a la Unión Soviética por razones parecidas a las de los Barrington. Había una familia de comunistas italianos que habían tenido que huir de Roma a finales de los años veinte y que la Unión Soviética había acogido como a sus hijos. En opinión de Harold y de Alexander, era una cuestión de honor.

También había una familia de Bélgica y dos de Inglaterra. A Alexander le caían especialmente bien los británicos porque hablaban algo parecido a su idioma. Pero Harold quería que su hijo hablara ruso y no le caían demasiado bien los ingleses ni los italianos, y en realidad casi ninguno de sus compañeros de planta. Cada vez que tenía ocasión trataba de impedir que Alexander jugara con las hermanas Tarantella o con Simon Lowell, el chaval de Liverpool.

 

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