ALEXANDER Y LA VIDA SOVIETICA

1931

mosculife
PRAVDA, DIARIO OFICIAL/ TREN DE MOSCU/ BIBLIOTECA UNIVERSITARIA

Harold no tuvo problemas para encontrar trabajo en Moscú. En Estados Unidos se
había dedicado a muchas cosas distintas a pesar de que no necesitaba trabajar, y
aunque no dominaba ningún oficio en particular, aprendía muy deprisa. Las
autoridades moscovitas lo colocaron en la rotativa del Pravda, el diario oficial, donde
manejaba las planchas de impresión diez horas al día. Todas las noches volvía a casa
con los dedos tan cubiertos de tinta azul que parecían negros. Por mucho rato que
estuviera lavándose las manos, las manchas no se iban.

Jane Barrington consiguió trabajo en la sección de préstamo de una biblioteca
universitaria pero al cabo de unos meses la trasladaron a la sección de referencia y
luego a la de cartografía y al final la pusieron de camarera en el comedor de la
facultad. Todas las noches, después de limpiar los baños, preparaba platos rusos para la familia y de vez en cuando se quejaba de la falta de mozzarella, aceite de oliva o albahaca fresca para cocinar unos espaguetis. Alexander y Harold no protestaban y engullían sin rechistar la col, las patatas, las salchichas, los champiñones y el pan negro con cristales de sal. Harold insistió en que su mujer aprendiera a cocinar un borscbt de ternera como el que preparaban tradicionalmente las madres rusas.

Habían llegado a Moscú el invierno anterior, y tres meses después de su llegada se
daban cuenta de que para conseguir cualquier cosa que necesitaran —desde un
saquito de harina de trigo o de centeno hasta unas bombillas— tenían que
comprársela a los vendedores clandestinos que merodeaban por los alrededores de
las estaciones para colocar la fruta o el jamón que escondían bajo los abrigos de
pieles. No había muchos y los precios eran exorbitantes. Harold estaba en contra de la venta clandestina y se conformaba con el escaso pan negro del racionamiento, el borscht sin carne y las patatas sin mantequilla pero con abundante aceite de linaza… que hasta entonces habían pensado que servía solamente para desleír pintura, fabricar linóleo o barnizar madera.

Al invierno siguiente, Alexander ya tenía doce años y en Moscú seguía sin haber
fruta. Y el frío era tan terrible como el año anterior, y la única diferencia entre el
invierno de 1931 y el invierno de 1930 era que los vendedores clandestinos que
merodeaban junto a las estaciones habían desaparecido. A todos les habían caído diez años en Siberia por sus actividades contrarrevolucionarias y antiproletarias.

1933

Hitler se había convertido en el nuevo canciller de Alemania después de que el
presidente Von Hindenburg «dejara el cargo». Alexander percibía una amenaza
flotando en el ambiente, pero no habría sido capaz de definirla. Había dejado de
desear más comida, más zapatos o un abrigo más grueso; era verano y no le hacía
falta abrigarse. Por suerte, pasarían el mes de julio en una dacha de Krasnaia
Poliana. Habían alquilado dos habitaciones en casa de una viuda lituana que tenía un hijo alcohólico que le pegaba para quedarse con el dinero.

ALEXEDITCon los labios juntos, sus padres dieron varias piruetas en un abrazo conyugal, y Alexander sintió que le embargaban una felicidad y una nostalgia que no sabía cómo definir.
Sus padres deshicieron el abrazo, se volvieron hacia él y le sonrieron. Alexander les devolvió una sonrisa vacilante, avergonzado pero incapaz de desviar la mirada.
Sus padres se acercaron a la hamaca. Harold aún enlazaba con el brazo la cintura de Jane.

El invierno llegó demasiado pronto. Y todos los jueves del invierno, después de cenar, Harold cogía a Alexander de la mano y los dos andaban en el frío de la noche hasta la calle Arbat, el punto de reunión de músicos, escritores, poetas, rapsodas y ancianas que vendían shashkas de los tiempos del zar. Cerca de Arbat, en un apartamento de dos habitaciones cargado de humo, un grupo de soviéticos y de
extranjeros, todos ellos acérrimos comunistas, se reunían entre las ocho y las diez
para beber, fumar y debatir las posibilidades de implantar el comunismo en la Unión Soviética y acelerar el advenimiento de una sociedad sin clases en la que ya no serían necesarios el Estado, la policía o el ejército porque habría desaparecido toda fuente de conflicto.

En estas reuniones, Alexander hizo amistad con Slavan, un hombre de sesenta y
siete años, fatigado, canoso y con arrugas hasta en la calva, pero con unos ojos azules y despiertos que brillaban como estrellas y una boca que lucía eternamente una sonrisita burlona. Slavan no hablaba mucho, pero a Alexander le gustaba su
expresión irónica y la mirada que se posaba con afecto sobre él.

1935

vidaURSS
Logo partido comunista Ruso/ Slava/ Sergei Kirov/ Babushka Tamara

Una babushka llamada Tamara llevaba veinte años viviendo en la planta donde se habían instalado los Barrington. Tenía siempre abierta la puerta de su habitación y Alexander, al volver del colegio, entraba a veces a charlar un rato con ella porque sabía que los ancianos agradecían la posibilidad de transmitir su experiencia vital a las nuevas generaciones. Una tarde, Tamara, sentada en una incómoda silla de  madera junto a la ventana, le contó que a su marido lo habían detenido por delitos religiosos en 1928 y lo habían condenado a diez años…

Le había cambiado la voz hacía unos meses y le gustaba mucho cómo sonaba su
nueva personalidad. Muy adulta. También había crecido más de veinte centímetros de estatura en los últimos seis meses, pero no parecía tener mucha carne sobre los huesos. Aún le faltaba… de todo.

krasnaya polyana
Krasnaia Poliana

Jane se sentó en la cama y Alexander se acomodó en la silla que había junto a la
ventana. En mayo cumpliría dieciséis años. Le gustaba el verano. A lo mejor
alquilaban una habitación en una dacha de Krasnaia Poliana, como el año anterior.

En la reunión, el viejo Slavan soltó una carcajada cuando Alexander repitió la
pregunta.
—No te preocupes, hijo —lo tranquilizó, dándole una palmadita en la cabeza—.
Ahora que es «Kirov», «Kirov» se quedará.

gorkypark
Parque Gorky

Un mes después, en febrero de 1935, a la vuelta del instituto, Alexander oyó que su
madre y su padre se peleaban otra vez. Les oyó gritar dos veces su nombre.
Así que su madre estaba preocupada por él. Pero ¿por qué? El estaba bien: hablaba
ruso con soltura, cantaba canciones, bebía cerveza y jugaba al hockey con sus amigos en el parque Gorki. Estaba perfectamente. ¿Por qué se preocupaba su madre? Le habría gustado entrar y decirle que todo iba bien, pero prefería no interferir en sus peleas.

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