ALEXANDER LLEGA A LENINGRADO: SVETLANA

LENINGRADO, 1935

Antes de llegar a la Unión Soviética, el único mundo que tenía sentido para él eraALEXINSTA
Estados Unidos, un país donde su padre podía subirse a un pulpito a predicar contra el gobierno, y la policía encargada de proteger a ese gobierno lo obligaba a bajar y lo metía en una celda de Boston para curarlo de su afán agitador, y al día siguiente o al cabo de dos días lo dejaba salir para que retomara con renovado fervor sus prédicas
sobre las lamentables deficiencias del Estados Unidos de los años veinte. Y según Harold estas deficiencias eran muchas, aunque alguna vez había dicho que le impresionaban los inmigrantes que acudían en masa a Nueva York y a Boston para vivir en condiciones deplorables y trabajar por cuatro perras y que avergonzaban a generaciones de estadounidenses siendo capaces de vivir en condiciones deplorables y trabajar por cuatro perras y aceptarlo con alegría… una alegría que sólo quedaba mitigada por la imposibilidad de traer a otros familiares suyos a Estados Unidos para que también vivieran en condiciones deplorables y trabajaran por cuatro perras.

Una semana después, a Harold lo despidieron del periódico porque las nuevas
leyes prohibían que los extranjeros manejaran maquinaria de impresión, por muy
cualificados que estuvieran y por leales que fueran a la Unión Soviética. Al parecer,
trabajar en una rotativa era una oportunidad para el sabotaje ya que permitía falsificar documentos y difundir mentiras subversivas contra la causa soviética. Habían pillado a un montón de extranjeros publicando malévolos panfletos y distribuyéndolos entre los laboriosos ciudadanos soviéticos, de manera que Harold no seguiría trabajando de impresor.

Su madre estaba borracha y no lo ayudó a llevar las maletas hasta la estación de
tren.
¿Cuándo había empezado Alexander a intuir, a notar, a saber, que su madre tenía
un problema? Era obvio que le pasaba algo. Al principio sólo eran pequeños
cambios, pero Alexander era el hijo y no le correspondía preguntar a los adultos qué les pasaba. Quien tendría que haberse dado cuenta era su padre, pero estaba ciego. Alexander sabía que Harold era de esa clase de personas incapaces de pensar a la vez en los asuntos personales y los asuntos del mundo.

En Leningrado, los Barrington encontraron dos habitaciones contiguas en un piso
comunal de un destartalado edificio del siglo XIX Alexander se buscó otro instituto,
desempaquetó los libros y la ropa y siguió siendo un chaval de quince años. Harold
encontró empleo en una fábrica de mesas. Jane se quedaba en casa y bebía. Alexander procuraba estar lo menos posible en las dos habitaciones a las que llamaban «hogar».
Se pasaba casi todo el tiempo paseando por Leningrado, que le parecía más bonito
que Moscú. Las casas de colores pastel, las noches blancas, el río Neva… Leningrado le parecía un lugar repleto de historia y romanticismo, con aquellos jardines y palacios, las amplias avenidas y los ríos y canales que se entrecruzaban en la ciudad que nunca dormía.
A los dieciséis años, como era su obligación, se alistó en el Ejército Rojo con el
nombre de Alexander Barrington. Era un acto de rebeldía: no estaba dispuesto a
cambiar de apellido.

vladimirysvetlana
Vladimir y Svetlana Viselsky

En el piso comunal, la familia de Alexander intentaba no relacionarse con demasiada gente (tenían muy poco para sí mismos y nada para los demás), pero un
matrimonio que residía en el segundo piso, Svetlana y Vladimir Viselski, les dieron
muestras de amistad. La pareja compartía una sola habitación con la madre de
Vladimir y al principio mostraron interés por los Barrington y cierta envidia por las dos habitaciones que les habían adjudicado. Vladimir era ingeniero de caminos y Svetlana trabajaba en una biblioteca y le decía siempre a Jane que allí podía encontrar empleo. A Jane terminaron contratándola en la biblioteca, pero no conseguía levantarse a tiempo por las mañanas para acudir al trabajo.

A Alexander le caía bien Svetlana. Era una mujer que rondaba los cuarenta años,
elegante, atractiva e irónica. A Alexander le gustaba la forma en que le hablaba, como si fuera un adulto. En el verano de 1935 estaba bastante inquieto. Sus padres, en plena crisis personal y económica, no alquilaron ninguna dacha. Pasar el verano en Leningrado sin la posibilidad de hacer amigos nuevos no era una perspectiva demasiado halagüeña, y Alexander no hacía más que pasear por la ciudad durante el día y leer por la noche. Se sacó el carné de la biblioteca donde trabajaba Svetlana e iba a menudo a charlar con ella. Y también, muy ocasionalmente, leía. Solían volver juntos a casa.

Alexander pasaba cada vez más días en la biblioteca. Cuando volvían juntos a
casa, Svetlana le ofrecía un cigarrillo, que él siempre rechazaba, o un vasito de vodka, que él también rechazaba. El vodka no le interesaba especialmente. Los cigarrillos pensaba que no le interesaban especialmente, pero poco a poco se acostumbró a desear el sabor del tabaco en la boca. El vodka le producía un efecto desagradable,pero los cigarrillos eran como una muleta que le ayudaba a controlar su frenesí adolescente.

SVETLANA1
Alexander y Svetlana

Una tarde llegaron a casa antes de lo habitual y se encontraron a Jane aturdida en 
el dormitorio. Fueron a sentarse un rato a la habitación de Alexander antes de que Svetlana bajara a su casa. Svetlana le ofreció otro cigarrillo y se acercó un poco más en el sofá. Alexander la miró a los ojos sin saber si había interpretado bien sus intenciones, pero Svetlana se sacó el cigarrillo de la boca, se lo puso en la suya y le dio un beso fugaz en la mejilla.

Alexander tenía dieciséis años y ya estaba preparado. Los labios de Svetlana se acercaron a su boca.

Alexander disfrutaba con Svetlana. Ella sabía indicarle lo que debía hacer para
complacerla y él hacía exactamente lo que ella le decía. Todo lo que llegó a saber de la paciencia y la perseverancia lo aprendió con ella, un aprendizaje que se combinó con su talento natural para perseguir cualquier objetivo hasta el final. Como resultado,Svetlana salía cada vez más temprano del trabajo. Alexander se sentía halagado. El verano pasó volando.
Los fines de semana, cuando Svetlana subía con su marido a ver a los Barrington y
Alexander y ella tenían que disimular su relación, Alexander descubrió que la tensión sexual podía casi ser un fin en sí mismo.
Después, Svetlana comenzó a hacerle preguntas cuando Alexander pasaba la
noche fuera de casa.
El problema era que, ahora que había descubierto lo que había al otro lado de la
valla, en lo único en que pensaba Alexander era en divertirse al otro lado de la valla, pero no sólo con Svetlana.

—Se ve que lo pasáis bien juntas —dijo Vladimir, el marido de Svetlana—.
Siempre vuelve a casa muy contenta. Si no la conociera, diría que está teniendo una aventura.
Se rió con el tono de un hombre que piensa que la mera idea de que su mujer esté
teniendo una aventura es tan absurda que casi resulta deliciosa.
Svetlana echó la cabeza para atrás y también soltó una carcajada. Hasta Harold
ahogó una risita. Sólo Jane y Alexander permanecieron callados y atónitos. Durante el resto de la cena, Jane ya no volvió a hablar y se dedicó a beber cada vez más. Al final se quedó dormida en el sofá mientras los demás recogían la mesa. Al día siguiente, al volver del instituto, Alexander se encontró a su madre esperándolo, sobria y seria.



Comenzó el curso. Alexander se entretuvo con una chica que se llamaba Nadia. Una tarde, Svetlana lo fue a buscar al instituto y lo vio riendo con ella. Alexander se excusó y la acompañó hasta el final de la calle.—Tengo que hablar contigo, Alexander —le dijo Svetlana.
Fueron andando hasta un parquecillo y se sentaron bajo los árboles otoñales. Alexander carraspeó.
—Oye, tenemos que dejarlo de todos modos —dijo.
—¿Dejarlo? —Svetlana pronunció la palabra como si nunca se le hubiera ocurrido,
ante la mirada sorprendida de Alexander—. ¡No vamos a dejarlo! —exclamó—. ¿Por
qué demonios quieres dejarlo?
—¿Que por qué…?
—¿No te das cuenta, Alexander? —dijo Svetlana, temblando y cogiéndolo del brazo—. Es una prueba por la que tenemos que pasar.
Alexander le apartó la mano.
—Es una prueba condenada a fracasar, Svetlana. No sé en qué estás pensando, pero yo estoy todavía en el instituto. Tengo dieciséis años, y tú eres una mujer casada de treinta y nueve. ¿Cuánto imaginabas que iba a durar esto? 

—Cuando empezamos —dijo Svetlana con la voz ronca— no imaginé nada. 

—Mejor.
—Pero ahora…
—Ay, Svetlana… —suspiró Alexander, desviando la mirada.
Svetlana se levantó de un salto y emitió un grito gutural que Alexander acusó
como un pinchazo en los pulmones, como si ella acabara de inyectarle su miserable
adicción.
—Claro, soy ridícula. —Svetlana se esforzaba en respirar serenamente y agitaba la
mano con displicencia—. Tienes razón, claro. —Intentó sonreír pero no pudo—. ¿Lo
hacemos una última vez por los viejos tiempos? Como despedida.
Alexander negó con la cabeza a modo de contestación.
Svetlana se apartó con pasos tambaleantes.
—Alexander —dijo con tanta serenidad como pudo—, hay una cosa que debes
recordar siempre: tienes unas capacidades excepcionales. No las malgastes. No las
derroches, no las estropees ni las des por hechas… Tú mismo eres el arma que te
defenderá hasta el fin de tus días.
No volvieron a verse. Alexander se sacó el carné de otra biblioteca. Vladimir y
Svetlana dejaron de visitarlos. Al principio Harold se mostró extrañado, pero terminó olvidándose de la pareja. Alexander sabía que su padre tenía demasiadas
preocupaciones por entonces para pensar en la ausencia de unas personas que para empezar nunca le habían caído especialmente bien.



1936 

rusia1935
Logo Upravdom/ Afiche del Konsomol / Cadetes del Ejercito Ruso

Un oscuro sábado de enero, un minúsculo funcionario del Upravdom (el
departamento de distribución de viviendas) se presentó en la puerta de los Barrington acompañado de dos personas más y les enseñó un papel que los obligaba a ceder una de sus habitaciones a otra familia. Harold no se sentía con fuerzas para discutir y Jane estaba demasiado borracha para protestar. Alexander alzó la voz, pero sólo un momento. Era inútil. No podían acudir a nadie para que rectificara la decisión.

 El Konsomol eran las juventudes del Partido Comunista de la Unión Soviética.
Alexander y su padre trasladaron de habitación el camastro de Alexander y la
cómoda y sus pocos efectos personales y la estantería con los libros. Alexander puso el camastro junto a la ventana y colocó la cómoda y la estantería a modo de airada barrera entre sus padres y él.

—Siempre soñé con compartir una habitación con vosotros a los dieciséis años —
rezongó cuando Harold le preguntó si estaba enfadado—. Ahora sé que vosotros
tampoco queréis ningún tipo de privacidad.
Hablaban en inglés, lo cual les permitía usar la palabra privacy, sin equivalente en
ruso.
A la mañana siguiente, al levantarse, Jane quiso saber qué hacía Alexander en su
habitación. Era domingo.
—Ahora vivo aquí —le explicó su hijo, antes de salir y pasarse todo el día fuera de
casa.
Alexander cogió un tren hasta Peterhof y estuvo todo el día paseando por losalexdecepcionado
jardines, triste y malhumorado.Siempre había estado convencido de que había
venido al mundo para hacer algo especial, y esta convicción, aunque no lo había
abandonado del todo, se había difuminado en su interior, ya no palpitaba con tanta fuerza en sus venas.

«Mi infancia y mi adolescencia estuvieron bien —pensó Alexander—. Y podría soportar mi existencia actual si siguiera teniendo la sensación de que después de la infancia y la adolescencia habría algo que sería mío, algo que podría construir con mis propias manos para después decir: ʺEsto es lo que he hecho con mi vida; así la he construidoʺ.»
La esperanza. Aquella fría mañana de domingo, la esperanza había abandonado a Alexander, y su convicción de tener un objetivo había perdido la batalla y se había disipado en su interior.

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