ALEXANDER BARRINGTON, UN CHICO AMERICANO

NIÑOALEXANDER2

BOSTON, 1930   

—Harold, deja en paz al niño —ordenó

—. ¿No ves que se está poniendo guapo? El coche puede esperar. Y Teddy y Belinda, también. —Jane se atusó la cabellera larga y oscura recogida bajo el sombrerito.

En su voz quedaban rastros del melodioso acento italiano que no había logrado borrar del todo en el tiempo que llevaba en Estados Unidos, donde se había instalado a los diecisiete años—. Belinda nunca me ha caído bien, ya lo sabes —añadió, bajando el tono.
—Ya lo sé, mamá. Por eso nos vamos a otro país, ¿no? —comentó Alexander.
Sin volverse, contempló a sus padres en el espejo. Físicamente se parecía a su
madre; imaginaba que en el carácter terminaría pareciéndose más a su padre, pero no podía saberlo. Su madre lo divertía y su padre lo desconcertaba, como siempre.

Harold se acercó y le pasó un brazo por los hombros. RETRATO
—Y tú que pensabas que apuntarte a los Boy Scouts sería emocionante. Este viaje
será la aventura más emocionante de tu vida.
—Sí —contestó Alexander, pensando:«Me bastaba con los Boy Scouts». Sin mirar a su padre sino a su propia imagen reflejada en el espejo, añadió—: Papá, si no sale bien… podremos volver, ¿verdad? Podremos volver a… —se interrumpió para que su padre no se diera cuenta de que le temblaba la voz, tomó aliento y acabó la frase—: a Estados Unidos. 

Alexander quiso decir que sí lo había para él. En Estados Unidos se sentía en su casa. Era amigo de Teddy y de Belinda desde que tenían tres años. Barrington era una población pequeña, con casas de fachadas blancas y postigos negros, tres iglesias de esbeltos campanarios y una calle principal que sólo medía cuatro manzanas de un extremo a otro. Alexander había disfrutado de una infancia feliz en los bosques de los alrededores. Pero calló porque sabía que su padre no quería escuchar esas cosas.

La decisión de su padre de trasladarse a la Unión Soviética había sido una sorpresa
para Alexander, una sorpresa desagradable. Sin embargo, Harold estaba convencido
de que en la Unión Soviética encontrarían su lugar, un lugar donde ningún niño se
reiría de su hijo y donde los vecinos los recibirían con afecto y admiración. Un lugar
donde su vida se llenaría de sentido. La nueva Rusia había dado el poder al obrero, y
muy pronto el obrero gobernaría el mundo. A Alexander le bastaba con que su padre
lo creyera.

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