VIBORG

INFO SOBRE VIBORG

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Regresé a Leningrado y me alojé con los parientes de los Belov.
necesitaba regresar a Leningrado. —Alexandr vaciló—. Te lo explicaré
dentro de un minuto. Me alojé con mi «tía», Mira Belov, y su familia. Vivían en
la zona de Viborg. Hacía diez años que no veía a sus sobrinos; era perfecto.
Para ellos era un desconocido. -Sonrió-. Pero no le dejaron quedarme. Acabé
la escuela. Fue precisamente en la escuela donde conocí a Dimitri.

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Tatiana no tenía claro si Dasha estaba furiosa por la muerte del
padre o por Alexandr. Desde luego, no lo decía. No hablaba ni una
palabra con su hermana.
Marina iba a visitar a su madre todos los días a Viborg y continuaba
mirando a Tatiana con una expresión comprensiva.
Babushka pintaba. Pintó una tarta de manzanas tan real que Tatiana
le dijo que casi se podía comer.

“No fue nada del otro mundo. -Su voz era tranquila-. Nos habíamos abierto paso a través de los pantanos cerca del golfo, desde Lisii Nos casi hasta Viborg. Conseguimos que los finlandeses retrocedieran hasta la ciudad, pero entonces nos atascamos en los pantanos
del bosque. Ellos estaban bien atrincherados, tenían municiones y suministros, nosotros estábamos metidos en el barro hasta el cuello y no teníamos nada. La batalla en las afueras de Viborg fue una carnicería. Perdimos casi dos tercios de nuestros hombres. Nos vimos
forzados a suspender el ataque y emprender la retirada. En realidad fue una estupidez. Era marzo, y sólo faltaban unos días para la firma del armisticio fijada para el día trece, y allí estábamos nosotros, perdiendo centenares de hombres sin ningún motivo aparente. Por aquel entonces, yo estaba en infantería. No teníamos más armas que los fusiles de un solo disparo. -Sonrió—. Y un par de morteros.”

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Ninguna respuesta. Como en Lazarevo. Tatiana preguntaba y él
respondía, entre dientes y pensativo. Entonces ella se pasaba una hora
intentando descifrar lo que había entre las palabras sueltas: Lisii Nos,
Viborg, Helsinki, Estocolmo, Yuri Stepanov, polisílabos con Alexandr
oculto entre ellos, sin decir nada.

En Viborg le enseñó las credenciales de la Cruz Roja a un centinela
y preguntó dónde podía conseguir combustible y cuál era la carretera
a Helsinki. Le pareció que el soldado le preguntaba por la herida
en la cara, pero corno no hablaba finlandés no le contestó y siguió
viaje, esta vez por una ancha carretera pavimentada, donde se detuvo
a enseñar la documentación y al médico herido que transportaba
en ocho puestos de control. Condujo durante cuatro horas hasta que
llegó a Helsinki a última hora de la tarde.

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