CALLE ULITSA SALTYKOV-SCHEDRIN

PASAJE DE TATIANA Y ALEXANDER EN LA ULITSA SALTYKOV-SCHEDRIN

Se paró un momento al llegar a la esquina de la calle Ulitsa Saltykov—Schedrin. A su
derecha, a dos manzanas de distancia, comenzaba la apacible extensión del parque de
Táuride, donde tanto le gustaba pasear en verano. Pero en los alrededores de Smolni
podía haber alguna trifulca que reclamara su intervención. ¿Qué camino debía tomar?
¿Continuar hacia Smolni y bordear después el parque de Táuride, o acercarse a la
entrada del parque y seguir después hacia el monasterio?

…De manera que dobló a la derecha y entró en Ulitsa Saltykov—Schedrin.
La calle estaba desierta y la brisa agitaba las ramas de los árboles. Alexander pensó
en los bosques de Barrington; recordó cuando Teddy y él se tumbaban en el suelo y
escuchaban el rumor de las hojas sobre sus cabezas. Era un sonido agradable.
Pero esta vez el sonido era diferente. Era la voz de alguien que cantaba.

Lo primero en lo que se fijó fue en la melena larga y rubia que le ocultaba la cara, y
después en su vestido blanco bordado con rosas rojas. Sentada bajo el dosel de hojas
verdes, con su pelo muy claro, su vestido blanco y sus rosas color sangre, la muchacha
era como un soplo de aire fresco. Se estaba comiendo un helado y canturreaba en voz
baja. Alexander reconoció la melodía de «Algún día nos encontraremos en Lvov, mi
amor y yo…», una canción de moda. La chica se las arreglaba para cantar, lamer el
cucurucho, balancear una pierna desnuda y un pie ataviado con una sandalia roja y
apartarse el pelo de la cara, todo al mismo tiempo. Estaba totalmente ensimismada,
ajena no sólo a la presencia de Alexander, que la miraba embobado desde el otro lado
de la calle, sino también a la guerra al mundo, a todas las cosas que regían la actividad
de aquella tarde de domingo en Leningrado. Estaba inmersa en un instante donde
sólo existían ella, su resplandeciente cabellera, su magnífico vestido, su helado y su
melodiosa voz. Se encontraba en un lugar que Alexander no había visto nunca hasta
entonces, sumergida en el mar lunar de la tranquilidad. Alexander era incapaz de
apartarse del punto donde se había detenido a contemplarla.

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